martes 8 de marzo de 2011

La puta madre, qué lindo que es ser de Boca.

"Señores soy de Boca

y lo sigo a todos lados,

y no me importa donde juegue,

yo te voy a alentar.

Pasan los años, jugadores

y también campeonatos.

El sentimiento nunca va a terminar"


En una época donde el tiempo empieza a ser referencia, donde los años del calendario gregoriano se vuelven más referencia que el grado del colegio; todo empezó a cambiar, llegó el año dos mil y era como empezar un conteo nuevo, como si la historia se reseteara y a partir de ahí, todo fuera nuevo. Era todo nuevo… y es que además, tan sólo separaban doce años desde que vi el primer rayo de luz, hasta ese momento.

Dentro de esa novedad, también, empecé a sentir como novedades experiencias de vida que creí que eran normales para todos los mortales, que las repetiría cuarenta mil veces más, pero pocas veces aparecieron nuevamente.

El año dos mil agonizaba, terminaba Noviembre y la psicosis colectiva acerca del fin del mundo, parecía cada vez más silenciada. Ahí nomás, un grupo de hombres (y cuando digo hombres, quiero que usted, lector, escuche un énfasis parecido al que usaba Gardel cuando decía “Eran otros hombres”), que usaban la misma camiseta que yo, pero que se encontraban a miles de kilómetros de distancia; se agrandaban ante las adversidades y contra todo pronóstico, bailaron a aquellos monstruos mercadológicos, aquellos a los cuales les debemos este fútbol lleno de monopolios, este fútbol ya tan carente de poesía y tan sobrado de números multimillonarios.

Sólo dos días restaban para que el onceavo mes del año dos mil, llegara a su final. Boca Juniors aparecía avasallando al Real Madrid con dos goles en diez minutos. Mucha gente bostera, lo podrá confirmar, algunos quizá compartan exactamente lo mismo… el tema es que, ese día por primera vez, apareció una voz adentro mío, mientras con lágrimas besaba la camiseta: “La puta madre, qué lindo que es ser de Boca”

Poco más de diez años pasaron desde aquel momento. La sociedad cambió, obviamente yo cambié con ella. Cada tanto vuelven a aparecer psicosis apocalípticas, cada tanto, incluso, me las creo. Las tendencias se movieron, el ser humano occidental se liberó un poco más y dentro de esa libertad también encontró caos. Toda esta década, la sociedad parecía totalmente adolescente, tal cual lo fui yo, durante la misma.

Adolescencia, llena de cambios que descolocan, llena de ese miedo tan profundo de no saber si vas a ser el mismo al despertar… el miedo se va cuando aceptamos, que nunca más seremos los mismos al despertar, pero que todo cambio puede ser utilizado a favor.

La consigna estaba: cambio, cambio, cambio…. Pero hubo algo que nunca cambió: Ser de Boca.

Desde el inicio de mis estudios en psicología, me pareció extremadamente atractivo para desarrollar y analizar el tema de la psicología del fútbol, en especial, la psicología del hincha. Para los hinchas verdaderos, el cuadro de nuestros “amores”, seguramente se muestra irremediablemente, como la primera afiliación con la cual nos comprometemos. Ojo, no la primera que tenemos, pero sí la primera con la que nos comprometemos.

El compromiso real se manifiesta en el hecho de que es realmente reducido el número que conserva otro tipo de afiliaciones con el paso del tiempo… así como reducido es el número de personas, que no conservan este compromiso con el paso de los años.

A pesar de que fútbol y filosofía, están estrechamente ligados a mi parecer, prefiero no ahondar más en esta última, para describir mi experiencia con la primera.

Retomando, nunca cambió el sentimiento por Boca. Ver a Boca, era como entrar a una zona de seguridad, una zona donde todo siempre está bien y todo tiene solución. Es la poética catarsis de cada domingo, algo parecido a aquellos brazos maternos, donde por más que pase lo que pase, siempre ocupamos ese momento para elevar el espíritu… y salir, salir definitivamente.

Es así que durante toda esa década, tuve algunas alegrías, que se potenciaban cada vez que Palermo hacía una locura y nos dejaba a todos impresionados. También tuve tristezas, días jodidos… y cuando pasaba eso, siempre había un pensamiento que confortaba: “No importa, pensemos en otra cosa… el domingo juega Boca”

Conocí maestros, conocí amigos. Conocí verdaderos gurús que en una cancha enseñaban valores perfectamente utilizables en la vida diaria… el coraje, la creatividad, la alegría, las ganas de seguir a pesar de todo, el compromiso, el amor.

Ahora hay frustración, hay una sensación de un laberinto sin salida. Hace un par de años, que tristemente, Boca cambió también… y ahora ver a Boca, provoca zozobra, provoca desesperación, provoca nudos en la garganta donde se agolpan todos los goles sin cantar.

Sin embargo, queda la fe en el mañana… y queda el compromiso de seguir alentando aunque Boca siga igual mañana. Porque es uno de los amores más importantes de la vida… porque por esa sencilla razón, hoy, a más de diez años de distancia puedo seguir escuchando esa voz adentro mío que dice: “La puta madre, qué lindo que es ser de Boca”



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